martes, 28 de mayo de 2013

Archienemigos íntimos

Mi perro ya está integrado en el barrio totalmente: ya tiene un archienemigo en el lugar.
No es porque sea mío, pero mi chucho es un amor que va robando los corazones allá donde va.
Si vamos al parque todos los niños le persiguen para sobarle con sus manitas pringosas y él soporta con paciencia los dedos gordetes que se hunden en los ojos. Si viene alguien de visita se comporta como un perro de postín: se hace el muerto, te choca los cinco, o se va a obediente a su cestita cuando le decimos que se vaya a su camita.
Todo esto lo cuento para que le cojáis cariñito y veáis que el villano es el otro perro del vecindario, que se pone hecho un hooligan cuando ve a nuestro perrete querido.
Yo, como no voy a ser menos, también tengo mi archienemigo mortal: la fatiga.
He decidido que si quiero sentirme superheroína  tenía que buscar mi némesis, así que ahora que ya lo  he hecho soy mucho más guay que hace un rato.
Total la fatiga iba a estar en mi vida igual, pues por lo menos que me sirva para algo.
Un mes antes de que me diagnosticaran de esclerosis múltiple acudí a la doctora de cabecera diciéndole que estaba muy muy muy cansada y ella me mandó unos análisis de sangre.
Yo me froté las patitas pensando que iba a tener la madre de las anemias y que con el suplemento que fuera iba a recuperar mis superpoderes. Pues Oh! Sorpresa! Oh! Indignación! Los análisis salieron perfectos. Lejos de sentirme feliz de ver que estaba sana y lozana llegué a casa apesadumbrada por no poder poner una solución a mi triple cansancio mortal.
Como una se busca las excusas que quiere me autoconvencí de que era por la falta del sueño y los múltiples despertares nocturnos, así que me animé pensando que sería algo "pasajero" y que cuando la Pizquilla empezara a dormir mejor yo recuperaría mi mojo.
Un año después ni la Pizqui duerme mejor, ni he recuperado mi mojo... y encima le hecho la mayor parte de la culpa de la fatiga a la esclerosis múltiple porque parece que es el síntoma más común. Y porque, mira, sinceramente se lo digo, señora esclerosis múltiple, me cae usted muy gorda. Y si no le hecho la culpa de la crisis financiera es porque soy muy buena persona. ¡Y punto en boca!
Por otro lado voy a dignificar un poco a mi rival porque ya me sé yo que se presta mucho a la confusión.
Cuando he nombrado la fatiga como archienemigo mayor del reino, os invito a que penséis que nadie daría tal título a una minucia, a una sensación de cansancio pasajero, de cansancio por el cambio del tiempo, por haber dormido hoy una hora menos, por estar al final del curso... Qué eso también es cansao, ojo. Pero yo los veo más bien los golfos apandadores del día a día.
Lo más similar que se me ocurre es que penséis que lleváis tres días sin dormir y sin dejar de caminar. Creo que sería el equivalente, con la salvedad de que te asalta de un momento a otro. Igual estás tan campante en casa y de repente vienes de correrte la mayor juerga de tu vida, nada más que te has perdido la fiesta... Cagüenlalechejodíaesclerosis...
A todo esto decir que aunque cuando mi archienemigo hace de las suyas me deprimo un poco... ¡Yo voy ganando!
Ja, je, ji, jo, ju...
Pensándolo mejor, me pido ser yo Moriarti, que va a ser mucho más divertido.
¡Fatiga, yo soy tu archienemigo! ¡Prepárate a morir!

PD: Aprovecho estas líneas para agradecer a los dibujantes de los 80 ese perruno Sherlock Holmes que hicieron y que fue mi primer amor. ¡Qué cacho perro!

sábado, 25 de mayo de 2013

En busca del equilibrio perdido.


12, 13, 14… Van pasando los días de Mayo, y los cuadraditos del calendario me andan agobiando. Primero me dicen cositas por lo bajini:
¡Aniversario de diagnósticooooo!, ¡Alguien lleva un año diagnosticadaaaa!
Y luego se dan la vuelta como si a mí no me hubieran dicho nada.
Qué indirectas me anda tirando el subconsciente…  Me recuerdan al monólogo de Gila y cómo atrapó a Jack el Destripador:
Me enteré donde vivía Jack el Destripador, me instalé en el mismo hotel y como no me gusta la violencia, le detuve con indirectas.
 Nos cruzábamos por el pasillo y decía yo: "Alguien ha matado a alguien... y no me gusta señalar...". Al día siguiente nos volvíamos a encontrar y le decía: "Alguien es un asesino... y no quiero decir quien..."
Total, que parece inevitable que llegadas estas fechas una no recuerde las separaciones, los sacaleches, los llantos y el café descafeinado del hospital. Así que como es inevitable, he decidido que me va a hacer bien colocar los recuerdos, las ideas, las experiencias vividas durante este añito… que si no voy los voy rumiando, rumiando y se me atragantan por no tener los estómagos de la vaca.
Hacer balance de tantos días va a ser jodicomplicado.
Puedo decir que tengo la suerte de que el dolor de esos días de síntomas repentinos, separación abrupta de la Pizquilla y pruebas hospitalarias se ha quedado simplemente en el recuerdo. Digo que tengo la suerte, porque soy feliz de no repetir ese dolor y ese temor intenso. Aunque he de reconocer que pensar que recordar en estos días como se desarrollaron los acontecimientos me entristece durante más de 3 segundos y menos de 10.
Vale, entonces… si el dolor aquel se ha quedado encerrado en el calendario de mayo de 2012… ¿Qué es lo que perdura un año después?
Perdura sobre todo la alegría de estar viva, de escuchar las risas y los pedos de Bendito Padre, la Pizquilla, de escuchar las risas (y no los pedos) del resto de la familia y amigos, del olor de la lluvia y el sabor del salmorejo (entre otras cosas).
Perdura también la sensación de brutal fragilidad. De saber que en la vida ocurren cosas inevitables. Nunca leí “La inevitable levedad del ser”, pero desde hace ya un año esas palabras se filtran a menudo gota a gota ante las vivencias que he ido conociendo de los demás. Y por ahora creo que ese chopchop ya no desaparecerá.
Hablo de la fragilidad no de mi esclerosis múltiple, que no ha sido más que el pistoletazo hacia esa consciencia de la inevitable levedad del ser. Hablo de historias que me han arrancado lágrimas como las de Raúl, Mikel, Jen, y más.
Y así, en busca del equilibrio perdido llevo casi un añito. Con un brazo de la balanza lleno de vitalidad y el otro... no.
Seguiré caminando.
 

jueves, 2 de mayo de 2013

El ataque estival de las mombies

El otro día fui a por un cubo y una pala para la Pizquilla, que ahora en los parques anda eclipsada con estos artilugios y el mundo arena.
¡Ay, la arena! ¡Qué juego da! Lo mismo vale para hacer una tartita, que para ponerla encima del tobogán, de merienda improvisada o adornar la pelambrera de ese niño que está a tu vera con la boca abierta...
¡Ay, la arena! Amiga inseparable que te acompaña a casa por mucho que tu señora madre te sacuda las zapatillas antes de entrar al portal.
¡Ay, la arena! Compañera del alma que inexplicablemente ha traspasado la muralla, que había preparado la teniente madre, de body+camiseta+leotardos+pantalones y ha llegado al pañal...
Total que viendo la versatilidad del producto arenero me dije: esta niña necesita cubo propio.
A la que llego encontré uno encima de una estantería que por lo demás estaba vacía.
Como soy una madre amantísima lo vi claro, este cubo es muy mono, pero voy a ver si hay otro, no vaya a ser que lo haya más bonito o con más accesorios areniles y mi hija se me traumatice si se entera. Que la vida es muy dura y bastante tiene la pobre que hoy tiene pescado para cenar...
Tras pasar la  bola de paja de las pelis del oeste un dependiente me confirmó que no, que no había más cubos, que una horda de madres había entrado durante los días previos y habían arramplado con todas las existencias. Y no solo eso, sino que por error se habían llevado a un compañero reponedor, pensando que era un molde de Calamardo que iba a juego con el cubo y la pala.
Atemorizada cogí el cubito de marras, no  fuera a ser que viniera algún zombie despistado, digo madre, y me quitara el último producto que garantizaría la dicha eterna a mi Pizqui.
Mientras pagaba se mo ocurrió mirar hacia atrás: la estantería  vacía, un altar improvisado en honor al reponedor que se parecía a Calamardo, la bola de paja que volvía a pasar...
Entonces lo vi claro y no me lo podéis negar: la maternidad nos enajena.
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